miércoles, 25 de marzo de 2026

Relato "Protección Civil"

Tuve la suerte de ser escogido en 2022 por la Universidad de León (México) en la antología Cuando te vuelva a ver, sobre cuentos del confinamiento. La ilustradora Mónica Mendiola Manteca hizo en mi relato dos dibujos muy bonitos que le agradezco.

Protección Civil

María del Carmen se siente aburrida. Vive en Sevilla desde hace más de dos años, trabaja por la mañana de funcionaria en la Administración y por las tardes se siente vacía. Incluso depresiva si no se saca a ella misma de paseo. Porque le vence la pereza. Y se deprime. Y le duele la depresión. Y se pregunta “¿qué puedo hacer yo para pasar las tardes?” Siente la necesidad de hacer el bien por las demás personas. Lee algunos libros donde el principal protagonista es el dolor. El dolor ajeno. El dolor le seduce. Le estimula porque siente la necesidad de ayudar a aliviarlo. Está en el saloncito de su pequeño piso de alquiler. Vive en el centro de Sevilla. En un precioso bajo que da vistas a un patio interior con macetas y azulejos de corte moruno. Está en sus plenas capacidades físicas. Sólo tiene 36 años. Sin pareja conocida. Y con pocas amistades. Quiere hacer el bien y quiere socializarse. En el trabajo habla mucho con sus compañeras pero desea conocer gente nueva. Mira por Facebook las diferentes ONG´s de la zona. Cáritas, Madre Coraje, Cruz Roja y muchas otras. Pero ella quiere más acción. Salir a la calle. Pisar el barro. En la página de Facebook del Ayuntamiento de Sevilla ve algunas veces noticias sobre la Agrupación de Voluntarias y Voluntarios de Protección Civil. Los ha visto en acción en alguna carrera popular de atletismo donde ha participado. Las voluntarias y voluntarios, con su uniforme naranja, se dedicaban fundamentalmente a cortar el tráfico para que se pudiera desarrollar bien el evento, asistían a las participantes y los participantes si tenían alguna lesión y auxiliaban a los cuerpos de emergencias cuando se les requería. Casualmente encuentra la noticia de una nueva convocatoria de voluntarias y voluntarios. ¡Sevilla la necesita! Es febrero de 2020 y no sabe lo que va a pasar dentro de un mes.

Pedro tiene Covid. Está confinado en su piso. Vive solo, 38 años, Maestro de Primaria de profesión y le han mandando quince días de confinamiento domiciliario. Y paracetamol. Dado el Estado de Alarma, no se puede salir a la calle salvo a realizar tareas básicas como comprar o tirar la basura. Y ahora ni eso puede hacer. Tiene un carácter un tanto huraño, incluso desagradable a veces. No  le importa pedir ayuda y no duda en llamar al 112, Emergencias, para preguntar cómo comprar más paracetamol si no puede salir de su casa por el confinamiento. En el 112 le dicen que no pueden enviarle una ambulancia o una patrulla de policía ni tampoco a las Umies dado que los recursos están colapsados, pero sí que van a dejar aviso a la Agrupación de Voluntarias y Voluntarios de Protección Civil, también muy atareados en esta época, por si tienen disponibilidad y pueden ayudarle a solventar sus problemas con la falta de medicamentos.

   Manolo vive en el piso de arriba de Pedro. También es funcionario de la Administración, como María del Carmen. Tiene 55 años e igualmente vive solo. Su mente es muy cuadriculada y toda su vida es rutina. Hace las mismas cosas a las mismas horas. Como un reloj. Le gusta pasar las tardes en su casa leyendo libros de derecho. No suele leer novelas o ensayos. Mucho menos poesía o teatro. La razón pura domina en todo él. Y no le gusta pedir ayuda. Autogestión sería su lema. Pero pasa que al salir de la ducha se ha tropezado, se ha caído y se ha hecho un esguince en la rodilla. Ahora se encuentra desnudo y muy dolorido. Frágil en la húmeda soledad de su cuarto de baño. Pedro, abajo, en pleno confinamiento domiciliario, oye cómo un peso cae a plomo en el piso de arriba. “Ya está este pelmazo molestando otra vez,” piensa Pedro, el Maestro antipático. Manolo, el vecino de arriba, no grita para pedir ayuda. Tampoco puede moverse y andar unos metros hasta alcanzar su móvil. Tampoco piensa pedir ayuda a nadie. Él solo puede controlar la situación, o eso cree. Pedro, de mal humor por tener que estar encerrado y porque su carácter es así, ni siquiera piensa que su vecino pueda necesitar ayuda. A él no le importa pedirla y está esperando a que alguien de la Agrupación de Voluntarias y Voluntarios de Protección Civil llegue y le haga el favor de comprar sus medicamentos en la farmacia.

   —Buenos días Pedro —dice María del Carmen mientras llama a su puerta con los guantes puestos y la mascarilla cubriéndole nariz y boca. Mientras, por la mirilla de la puerta de enfrente observa la acción Rosario, una mujer mayor que vive sola en la misma planta que Pedro.

   —Buenos días —responde Pedro con mirada bovina tras las gafas empañadas por el vaho de la mascarilla—. Quería que me trajesen una caja de paracetamol. Aquí tienes el dinero. —Se queda meditando—. ¿Y a Protección Civil, cuánto os tengo que pagar por el servicio?

   —Nada —responde alegre María del Carmen—. Somos voluntarias y voluntarios. Hacemos esto altruistamente. Dependemos de los ayuntamientos. Ellos nos dan el uniforme, los vehículos, los cursos de formación en emergencias… Y los guantes, geles hidroalcohólicos y  mascarillas, claro está.

   —Fenomenal —responde Pedro al ver que no iba a gastar tanto como pensaba y un tanto extrañado por conocer a personas que trabajan gratis.

   María del Carmen, contenta de poder ayudar y sintiendo cómo deja atrás sus depresiones, se despide y se dirige a la farmacia cuando Rosario, la vecina de Pedro, abre la puerta. Rosario siempre tiene gestos amables con el vecindario aunque se siente muy sola. Ello le duele y le desgasta. Merma su calidad de vida. Y no sabe cómo solucionarlo. Habla con todas las vecinas y vecinos que se encuentra. Quizás más de la cuenta. Pero al vecindario no le cuesta pararse un poco más de tiempo con ella. Además, siempre se preocupa por el resto de inquilinos.

   —Disculpe, joven —dice Rosario tímidamente—. He oído que viene del Ayuntamiento.

   —Buenos días —dice acercándose—. Soy Voluntaria de Protección Civil. ¿Puedo ayudarle en algo? ¿Qué necesita?

   —Es por mi vecino Manolo. Vive en el piso de arriba y me siento preocupada por él. Hace una hora que debería de haber bajado a sacar la basura. Lo hace todos los días a la misma hora. Como un reloj. Supongo que le da miedo hacerlo de noche. Aunque no creo que lo quiera reconocer —dice sonriéndose—. Lo veo bajar a diario desde la mirilla de mi puerta —dice un tanto avergonzada—. La soledad, hija. Y este extraño confinamiento. Me entretengo mirando lo poco que pasa por el descansillo. 

   —¿Dice que vive arriba?

   —Sí, justo encima de Pedro. Se llama Manolo y tiene un carácter un tanto peculiar. Pero me preocupa, ¿sabe? Vive solo y este confinamiento nos vuelve muy frágiles —dice casi llorando.

   —No se preocupe. —No la puede tocar para animarla. Siente empatía y mucha pena por ella—. Voy a subir a echar un vistazo y ahora bajo —dice resuelta—. No se preocupe que ahora vengo y le ayudo.

   —¿A qué me va a ayudar, hija? —se pregunta Rosario a sí misma.

   María del Carmen sube y llama a la puerta de Manolo. Nadie contesta. Comienza a dar golpes más fuertes en la madera.

   —¿Qué son esos ruidos? –grita Pedro malhumorado desde el piso de abajo.

   —¡Vais a echarme la puerta abajo! –replica Manolo desde el suelo del baño con la rodilla hinchada. 

   —Señor, soy de Protección Civil, ¿necesita ayuda? –grita María del Carmen acercando la oreja a la puerta, sin tocarla. 

   —¡Me he caído en la ducha! –resume Manolo—. ¡No me puedo mover!

   —¡No se preocupe! ¡Enseguida vuelvo con ayuda!

   María del Carmen, ilusionada por ser útil, baja las escaleras buscando a Pedro, que está enfadado porque no tiene paracetamol, y a Rosario, que se siente entusiasmada por vivir esta aventurilla.

   —¡Rosario, Pedro! —Se asoman a la puerta—. ¿Sabéis el número de alguna cerrajería?

   —Pero, ¿qué ha pasado? —pregunta asustada Rosario. 

   —Es su vecino Manolo, se ha caído en la ducha y hay que llamar a la cerrajería para que manden a alguien y poder entrar.

   —¿Y qué cerrajería está abierta ahora? –pregunta Pedro.

   María del Carmen se queda un instante pensativa. Duda. En pleno confinamiento no hay casi nada abierto. Hay que actuar rápido así que coge el radiotransmisor que lleva en el hombro izquierdo y que la pone en contacto con Milagros, la Jefa de la Agrupación de Protección Civil.

   —Mila, soy María del Carmen. Ha ocurrido una incidencia en este servicio. Hay un vecino que se ha caído en la ducha y hay que mandar a los bomberos a que abran la puerta. También a la ambulancia. Sé que están los servicios colapsados, pero es urgente —explica preocupada.

   —Recibido. Veré qué puedo hacer. Damos aviso —concluye la Jefa.

   —Mila, hay algo más –dice bajando la voz para que no le oiga Rosario—. Hay una vecina mayor que está en situación de vulnerabilidad. Estaría bien que dieras aviso a Servicios Sociales. Allí trabaja Rosa, la Trabajadora Social.—Efectivamente allí está Rosa. Tiene 46 años y lleva 20 en la profesión. Trabaja en las Umies de Sevilla. Son unidades móviles formadas por una Trabajadora Social y una Auxiliar de Servicios Sociales. Su cometido es mejorar las condiciones biopsicosociales de la ciudadanía. Ayudan a personas sin hogar, víctimas de violencia de género, menores, mayores que viven en soledad, etc. Rosa habla con la seguridad que le brinda su experiencia y tiene un carácter alegre y resolutivo. Su especialidad, por ser lo que más le gusta, son las personas mayores. Empatiza con ellas, sabe lo que necesitan y también les pone amables pero firmes límites. Las personas mayores que viven en una soledad no elegida necesitan acompañamiento pero hay muchas a las que atender y no puede quedarse toda la tarde con una sola persona como suelen pedirle frecuentemente. 

   —Por supuesto, derivo el caso también a Servicios Sociales por si pueden acercarse las Umies —dice Milagros, quien comienza a coordinar los recursos. 

   Dada la urgencia, llegan casi a la misma vez todas las unidades de emergencia. Bomberos, ambulancia y Umies. Guardando la distancia de metro y medio para evitar contagios suben rápido hasta el piso donde está María del Carmen, quien traslada la información a Esther, la cabo de bomberos, y al resto de sanitarias y sanitarios que han acudido al aviso. Esther sube acompañada de las sanitarias al piso de Manolo, pregunta desde fuera cómo se encuentra, “nunca he estado mejor,” responde no muy feliz el dolorido vecino, y todo ello mientras ella, de las pocas bomberas que hay en España, abre con pericia la puerta de Manolo pasando una radiografía por la cerradura que, gracias a las diosas y a los dioses, no tenía echada la llave.

   En el piso de abajo mientras Pedro, el Maestro sin paracetamol, observa toda la escena, María del Carmen cuenta a la Trabajadora Social, Rosa, que hay una vecina muy mayor que está en situación de vulnerabilidad dada la soledad en la que se encuentra. Rosa se acerca a Rosario y, tras saludarla, le pregunta cómo se encuentra estos días con el confinamiento, se preocupa por ella y Rosario, agradecida, le invita a pasar para estar más tranquilas. 

   —¡Enseguida traigo lo tuyo, Pedro! –dice María del Carmen bajando las escaleras y antes de que éste le recordara su cometido. 

   Manolo es sacado por las sanitarias en una camilla plegable. Refunfuña porque no le gusta pedir ayuda y ahora le toca dar las gracias a todas las personas presentes. Bajando las escaleras se encuentra a Pedro y se quedan mirando sin decirse nada. Rosario, dejándose llevar por la inercia de saber sobre la vida de los demás, sale acompañada de Rosa, quien está elaborando un informe social sobre las necesidades de Rosario.

   —¿Cómo te encuentras Manolo? –pregunta inocente Rosario.

   —Como un faraón egipcio, cargado a hombros –responde Manolo, sarcástico.

   —¡Ponte bueno pronto! —se despide Rosario mientras hace un amago de dar dos besos a Rosa, quien ya ha hecho la entrevista.

   —¡Las distancias, Rosario! –recuerda Rosa sonriendo.

   —¡Ay! ¡Con lo que necesito un beso y un abrazo! –reclama.

  —No se preocupe –le cuenta Rosa—, he elaborado un informe social donde he especificado que necesita compañía. Aunque estemos en plena pandemia, desde el Ayuntamiento vamos a enviarle a una Auxiliar de Servicios Sociales quien vendrá a ayudarla con las tareas domésticas y quien también le dará mucha compañía.

   —Muchas gracias, hija mía –dice Rosario casi llorando de emoción.

  —No me las de –dice Rosa orgullosa—. Usted tiene derecho a que le asista el Ayuntamiento y para eso estamos las Trabajadoras Sociales, para poner en contacto a la ciudadanía con los derechos sociales que les pertenecen.

   Rosa se despide de Rosario y se encuentra a María del Carmen que vuelve con las medicinas de Pedro, quien las recibe no sin molestia por la tardanza. Parece que la primera petición de ayuda de un vecino ha sacado a la luz las necesidades sociales del resto de la comunidad. Rosa, que lleva muchos años como Trabajadora Social, piensa que el vecindario puede autogestionarse si se le ofrece alguna ayuda. Se lo comenta a María de Carmen.

   —¿Y cómo pueden hacerlo?

   —Con la informática y las telecomunicaciones –explica Rosa—. Desde Servicios Sociales se puede asesorar para que la comunidad de vecinos y vecinas cree un grupo de WhatsApp donde incorporar al vecindario con necesidades de este distrito.

   —Así darían aviso en caso de necesitarnos —comprende María del Carmen.

  —Sí, pero sólo en último caso. —Rosa explica seria—. La idea es que la propia comunidad aprenda a cooperar. A ayudarse a sí misma. De esa manera pueden intercambiarse cuidados y sólo avisar a Emergencias en casos más complicados. De esa manera —concluye— pueden destinarse los recursos locales a las urgencias y también la comunidad se empodera aprendiendo a autoprotegerse.

   A raiz de todo ello se ha creado una Red de Ayuda Vecinal gestionada por la propia comunidad. Un simple grupo de WhatsApp donde Manolo, con ciertas reticencias y una vez recuperado de su esguince, puede coordinarse a fin de traer de la farmacia las medicinas de Pedro, el confinado. Pedro, que pasa sin síntomas la enfermedad, puede acompañar a Manolo a bajar la basura cuando no puede hacerlo de día. Y ambos pueden dar un rato de compañía a Rosario, guardando las distancias, los días que no viene la Auxiliar de Servicios Sociales a atenderla. Como en una carrera de relevos, todo el vecindario se va pasando el testigo de los cuidados. No hay claros protagonistas. Es el equipo, el grupo, el que con su cooperación sale adelante. Como dicen los sabios, “un grano no hace un granero, pero ayuda a un compañero.” Y eso aprendemos en estos tiempos adversos, que una pequeña cooperación hace sentir mejor a una misma y a las demás.